Hace unos días me hice una pregunta que no logro sacar de mi cabeza.
¿Estamos preparando a las personas para el mundo que viene o seguimos educando para el mundo que ya desapareció?

Es una reflexión personal, pero no nace de una intuición. Nace de observar cómo cambian los mercados, cómo evoluciona la tecnología y de revisar los datos que hoy publican organismos internacionales.

Durante años creí que internet sería el gran democratizador del conocimiento. Por primera vez en la historia, cualquier persona con curiosidad y disciplina podía aprender casi cualquier cosa desde su casa. La posibilidad de descubrir una vocación, desarrollar una habilidad o cambiar de profesión ya no dependía exclusivamente de la universidad o de la ciudad en la que uno había nacido.

La inteligencia artificial parecía profundizar esa promesa.
Sin embargo, hoy también observo un fenómeno que me preocupa.
Estamos entrando en una nueva forma de desigualdad.

No será únicamente la desigualdad de ingresos.

Será la desigualdad en el acceso al conocimiento, a las herramientas tecnológicas y, sobre todo, a la capacidad de aprender de manera permanente.

La UNESCO advierte que la educación continúa siendo el principal motor del desarrollo sostenible, de la reducción de la pobreza y de la construcción de sociedades más resilientes. No es una política social aislada; es una estrategia económica.

Naciones Unidas ha demostrado, además, que educar a una mujer produce uno de los mayores retornos sociales conocidos. Cuando una mujer accede a una mejor educación aumentan las probabilidades de que mejore la salud, la nutrición, los ingresos y las oportunidades de toda su familia. La educación transforma generaciones, no únicamente individuos.

Por otra parte, el Foro Económico Mundial estima que, como consecuencia de la inteligencia artificial y otros cambios tecnológicos, cerca del 40 % de las competencias laborales actuales cambiarán antes de terminar esta década. Esto significa que millones de personas necesitarán volver a aprender durante toda su vida profesional.

No estamos frente a un cambio tecnológico.

Estamos frente a un cambio cultural.

Y esa diferencia es enorme.

Mientras tanto, gran parte del debate público continúa concentrándose -con razón- en atraer inversiones, construir infraestructura, generar empleo y hacer crecer la economía.

Pero cada vez me pregunto más si esa es la conversación suficiente.

Porque una ciudad puede tener edificios modernos, carreteras, parques industriales y grandes inversiones.

La verdadera pregunta es quién ocupará los empleos de mayor valor dentro de veinte años.

¿Nuestros hijos?

¿Nuestros estudiantes?

¿Nuestros profesionales?

¿O personas que llegarán desde otros lugares porque nosotros no desarrollamos el talento necesario?

Corea del Sur ofrece una lección interesante. En pocas décadas pasó de ser uno de los países más pobres del mundo a convertirse en una potencia tecnológica. Su transformación no ocurrió únicamente porque construyó fábricas o exportó más. Ocurrió porque comprendió que el principal recurso estratégico de una nación no era el acero ni el cemento, sino las personas. Estado, universidades y sector privado coincidieron en que invertir en educación, investigación y desarrollo era una condición para competir con el mundo.

No sugiero copiar modelos extranjeros. Cada país tiene su propia historia.

Pero sí creo que deberíamos hacernos preguntas similares.

¿Qué habilidades necesitará Bolivia dentro de veinte años?

¿Qué tipo de liderazgo requerirá Santa Cruz cuando la inteligencia artificial transforme sectores completos de la economía?

¿Qué competencias deberían enseñar hoy nuestras escuelas y universidades para que nuestros jóvenes puedan competir en igualdad de condiciones?

Hay una idea desarrollada por Richard Paul y Linda Elder, referentes internacionales en pensamiento crítico, que siempre me ha parecido profundamente vigente: la calidad de nuestra vida depende, en gran medida, de la calidad de nuestro pensamiento. Y la calidad de nuestro pensamiento depende de la calidad de las preguntas que somos capaces de hacernos.

Quizá ahí está el verdadero desafío.

No solo necesitamos más información.

Necesitamos aprender a pensar mejor.

Necesitamos cuestionar más.

Necesitamos formar ciudadanos capaces de aprender durante toda su vida.

Como estratega en marketing he visto desaparecer modelos de negocio que parecían intocables. La publicidad cambió radicalmente en apenas una década. La inteligencia artificial está acelerando esa transformación a una velocidad todavía mayor.

Por eso creo que este no es el momento de intentar proteger modelos de negocio que pertenecen al pasado. Es el momento de invertir en personas capaces de crear los modelos de negocio del futuro.

El bienestar de una sociedad ya no dependerá únicamente de cuánto produce.

Dependerá de cuánto aprende.

Y esa conversación, en mi opinión, merece ocupar un lugar mucho más importante en la agenda de empresarios, universidades, medios de comunicación y responsables de las políticas públicas.

Porque la próxima riqueza de Bolivia probablemente no estará bajo tierra.

Estará en la capacidad de su gente para pensar, aprender y adaptarse antes que los demás.